En los orígenes, el hombre moraba en el Jardín del Edén plácidamente. No le faltaba nada. Su vida era un verdadero vergel colmado de goce y felicidad, se deleitaba con todos los placeres que estaban dispuestos para que los disfrutase, y no debía preocuparse por nada. La única condición que le fue impuesta para conservar ese paraíso perpetuamente era que no comiera del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Pero el hombre no logró superar la p...