Clarice se adueña de nosotros. No nos pide permiso y nos arrastra. Nos agarra del alma con ese anzuelo con el que ella misma decía atrapar a la «no palabra» y no nos deja escapar. Nos interpela. Nos acuna y nos calma. Nos enmaraña y nos desenreda a su antojo. Nos obliga a cuestionar los modos y los contornos. A replantearnos las formas. A preguntarnos, por ejemplo: «Si recibo un regalo dado con cariño por una persona que no me gusta, ¿cómo se lla...