Desde el jardín, el viento -soleado y azul- empuja la hojarasca hacia salones solitarios, con solería gastada y con severos paños de azulejos. Bajo escudos heráldicos y los más nobles frisos estas dóciles hojas -quebradizo color de la canela- entran y se arraciman, humildes entre muros despojados, arrastrando el otoño en cada danza mínima, en el sonido seco de sus giros. Cuando lleguen al patio, altos emperadores mirarán envidiosos, desde el márm...