Dolores Beltrán tenía buen gusto en el vestir, de hablar refinado y bella escritura, lo único que había trascendido de su pasado era que, tras un largo periplo por las casas de citas de León, puso tierra por medio huyendo de la brutalidad y la suciedad de los mineros. Recaló en Béjar, donde se estableció por su cuenta, cobrando fama entre los comerciantes de paños que acudían con frecuencia a la ciudad textil. Hasta que un día, un hombre se cruzó...