El estudio de Miguel Macaya no está ni en el campo ni en la ciudad, sino en un polígono, entre unos montes bajos y el mar. Sólo el monte se intuye, más allá de la autovía por la que se llega a la calle Penedés. Y el mar, aunque no se vea, es importante que esté allí. Macaya se acerca a observarlo con frecuencia, dando un paseo en bicicleta o andando un rato por la playa. El mar está muy presente en sus cuadros. «Yo soy pintor.» No recuerdo la pri...