En su primer libro, Alba Álvarez comete el pecado más bendito para cualquier poeta: el sincericidio emocional y verdadero de admitir qué porcentaje de lo que cuenta pertenece a la realidad y qué porcentaje ha debido inventarse, quizá para poder soportar esa misma realidad. Más que un catálogo de objetos de amor perdidos (debería decir «sujetas», pero me fastidiaría el juego de palabras y a saber si no convocaría algún otro sentido), este libro es...