Coexisten, en realidad, dos deseos: el deseo de lugar y el deseo de los otros lugares, quizá más deseados por lejanos, por imaginados. El lugar propio posee la virtud del re-conocimiento del escenario; ello le otorga una seguridad que pronto se adorna de razones y afecto. Ese otro lugar, sin embargo, distinto e inalcanzable, se sueña con una fuerza y una sinceridad casi primitivas: es como si ahí residiese no el afecto, sino el amor. Y hacia él p...