El niño aborda el mundo desde la inocencia, la imaginación, la falta de cordura. Poco a poco, sin embargo, va descubriendo que la razón impuesta por los mayores desbarata su reino, que el decoro exige una conducta y un lenguaje, que su realidad, su mágica realidad, no era sino un espejismo. Ahí reside la tragedia, la tragedia de la infancia. Pero no tema el lector ningún patetismo, algo imposible en alguien como Savinio, que predicaba la profundi...