Nadie discute hoy que la lectura y la escritura puedan ser actividades catárticas. Por su intermedio enfrentamos, vencemos o aplacamos nuestros más profundos temores, nuestras frenéticas obsesiones. Más cuando lo que escribimos está tocado por ese misterioso hado de lo poético, este ejercicio abandona su personal función curativa para convertirse en un diálogo con una tradición letrada, con unos posibles y anónimos lectores. Esto lo logra Mónica ...