A quienes colaboraron en este volumen los convocó una incomodidad compartida: la de constatar que lo racial, como idea y como concepto, se aplicaba al análisis social de la época colonial sin beneficio de inventario, naturalizando su significación como un histórico. Si aceptamos que el marco de significación de las diferencias anclado en los conceptos de raza y diferencias racionales emerge desde mediados del siglo XVIII en el contexto de la decadencia del poder colonial ibérico y de la consolidación de estos conceptos resulta evidentemente anacrónica. Este anacronismo tiene implicaciones graves, en tanto oculta, pasa por alto o banaliza el peso histórico que tuvieron más de trescientos años de ejercicio colonial en la estructuración de formas de significación y de saberes sobre la diferencia. La narrativa de la historia corre el riesgo, por lo tanto, de cerrarse sobre sí misma y sobre los límites que le ha impuesto el imperio de la razón cartesiana y el saber iluminista de los cuales adquiere su estatuto como disciplina, y que tuvo como premisa negar la validez de todas las formas previas del saber.apriori histórico. Si aceptamos que el marco de significación de las diferencias anclado en los conceptos de raza y diferencias racionales emerge desde mediados del siglo XVIII en el contexto de la decadencia del poder colonial ibérico y de la consolidación de estos conceptos resulta evidentemente anacrónica. Este anacronismo tiene implicaciones graves, en tanto oculta, pasa por alto o banaliza el peso histórico que tuvieron más de trescientos años de ejercicio colonial en la estructuración de formas de significación y de saberes sobre la diferencia. La narrativa de la historia corre el riesgo, por lo tanto, de cerrarse sobre sí misma y sobre los límites que le ha impuesto el imperio de la razón cartesiana y el saber iluminista de los cuales adquiere su estatuto como disciplina, y que tuvo como premisa negar la validez de todas las formas previas del saber. Este anacronismo tiene implicaciones graves, en tanto oculta, pasa por alto o banaliza el peso histórico que tuvieron más de trescientos años de ejercicio colonial en la estructuración de formas de significación y de saberes sobre la diferencia. La narrativa de la historia corre el riesgo, por lo tanto, de cerrarse sobre sí misma y sobre los límites que le ha impuesto el imperio de la razón cartesiana y el saber iluminista de los cuales adquiere su estatuto como disciplina, y que tuvo como premisa negar la validez de todas las formas previas del saber.