Gatina recibió el cargamento con un ostensible gesto de satisfacción y una risa burlona. De unos anaqueles desvencijados y sucios, tomó unos frascos empolvados y los puso sobre una piedra plana ubicada en la olla de los hechizos mientras decía mágicos conjuros. La olla estaba puesta sobre una enorme hoguera y de ella salía un humo nauseabundo que obligó al inquieto gato a retirarse a prudente distancia. Cuando el menjurje prodigioso estuvo listo,...