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La obra de Martha Elena Vélez

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    Podría decirse, más allá del juego de palabras, que aunque nada ha cambiado, todo es distinto en la pintura de Martha Elena Vélez. Se comprueba al visitar su taller del barrio Manila, advirtiendo en su trabajo de los últimos años que no sólo el pequeño y mediano formato se conservan, sino que motivada por el mismo material, en muchas ocasiones la pintura, se sale del marco y se plasma en cuanto elemento diverso encuentra (Damascos, sedas, terciopelos, mesas que le sirven de paleta), en los cuales el tiempo ha dejado testimonio de su paso y que, cumplido su ciclo, hallan en el quehacer del artista una nueva suerte de las cosas que perviven más allá de su utilidad o desuso, presentándose al orden imprevisto de la memoria y la imaginación, al mandato de la invención. Con ellas, además, Martha Elena Vélez enriquece aún más el jardín abierto tocado por la misma magia de los sueños, que constituye su obra.En esencia, los temas de su pintura son lo conocidos: desde la pareja edénica que yace en campo abierto y las bestias (caballos, tigres, gacelas y cebras) que acompañan una naturaleza que se muere o resplandece, de un comienzo, hasta los autorretratos, las Pietás o el misterio de una Última Cena (vacía, sin nadie, donde lo ausente es más poderoso que lo nombrado), temas donde la noción religiosa surge como reflexión última. Y que acordes siempre con esa suerte de sortilegio, de belleza idealizada, común a su obra, contradicen el realismo chato, de noticia periodística, en la que cierto criterio quiere encasillar el arte.Martha Elena Vélez pinta sólo lo que le entusiasma: lo amoroso en primer lugar; y lo que del amor se desprende. De ahí, cierto deslumbrado erotismo y la conquista de un momento de felicidad. El color; junto al tratamiento poco ortodoxo de la figura, constituyen factores que en su reiteración formal, en su caída acechanza, han ido modelando un vocabulario plástico, que la destreza en el oficio, al mismo tiempo, tornan novedoso en la medida en que se han ido reduciendo hasta llegar casi al monocromatismo, al despojamiento total. Obediente a sus inquietudes, preocupaciones y necesidad de silencio, la pintora se ha encerrado prácticamente en su trabajo, algo apenas natural en la aventura que lleva al artista hacia sí mismo y, de ahí, a la posesión de aquella verdad que ofrece la realización de una obra. La suya ha sido la de construir un jardín sin pecado sobre los pasajes y miserias que traen los días.En esencia, los temas de su pintura son lo conocidos: desde la pareja edénica que yace en campo abierto y las bestias (caballos, tigres, gacelas y cebras) que acompañan una naturaleza que se muere o resplandece, de un comienzo, hasta los autorretratos, las Pietás o el misterio de una Última Cena (vacía, sin nadie, donde lo ausente es más poderoso que lo nombrado), temas donde la noción religiosa surge como reflexión última. Y que acordes siempre con esa suerte de sortilegio, de belleza idealizada, común a su obra, contradicen el realismo chato, de noticia periodística, en la que cierto criterio quiere encasillar el arte.Martha Elena Vélez pinta sólo lo que le entusiasma: lo amoroso en primer lugar; y lo que del amor se desprende. De ahí, cierto deslumbrado erotismo y la conquista de un momento de felicidad. El color; junto al tratamiento poco ortodoxo de la figura, constituyen factores que en su reiteración formal, en su caída acechanza, han ido modelando un vocabulario plástico, que la destreza en el oficio, al mismo tiempo, tornan novedoso en la medida en que se han ido reduciendo hasta llegar casi al monocromatismo, al despojamiento total. Obediente a sus inquietudes, preocupaciones y necesidad de silencio, la pintora se ha encerrado prácticamente en su trabajo, algo apenas natural en la aventura que lleva al artista hacia sí mismo y, de ahí, a la posesión de aquella verdad que ofrece la realización de una obra. La suya ha sido la de construir un jardín sin pecado sobre los pasajes y miserias que traen los días.Martha Elena Vélez pinta sólo lo que le entusiasma: lo amoroso en primer lugar; y lo que del amor se desprende. De ahí, cierto deslumbrado erotismo y la conquista de un momento de felicidad. El color; junto al tratamiento poco ortodoxo de la figura, constituyen factores que en su reiteración formal, en su caída acechanza, han ido modelando un vocabulario plástico, que la destreza en el oficio, al mismo tiempo, tornan novedoso en la medida en que se han ido reduciendo hasta llegar casi al monocromatismo, al despojamiento total. Obediente a sus inquietudes, preocupaciones y necesidad de silencio, la pintora se ha encerrado prácticamente en su trabajo, algo apenas natural en la aventura que lleva al artista hacia sí mismo y, de ahí, a la posesión de aquella verdad que ofrece la realización de una obra. La suya ha sido la de construir un jardín sin pecado sobre los pasajes y miserias que traen los días.Obediente a sus inquietudes, preocupaciones y necesidad de silencio, la pintora se ha encerrado prácticamente en su trabajo, algo apenas natural en la aventura que lleva al artista hacia sí mismo y, de ahí, a la posesión de aquella verdad que ofrece la realización de una obra. La suya ha sido la de construir un jardín sin pecado sobre los pasajes y miserias que traen los días.Nota: Impreso a todo color en papel esmaltado, con imágenes de la obra de la artista.

    Atributos LU

    TítuloLa obra de Martha Elena Vélez
    AutorMarta Elena Vélez
    TipoLibro
    ISXN9789587200041
    Año de Edición2008
    Núm. Páginas147
    Peso (Físico)1030
    Tamaño (Físico)23 x 33 cm

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