<p>Sufriendo lo que sufrí, solamente podía ser dos cosas: asesino en serie o escritor atormentado. El día más triste de mi vida fue cuando los médicos, con una voz más fría que un témpano de hielo, me comunicaron que mi madre tenía un cáncer terminal y que, a lo sumo, le quedaba un año de vida. O quizá menos. El mundo se me vino encima. Lloré con amargura...