Los personajes de Wladimir Chávez se mueven por geografías cambiantes que acaban teniendo la coherencia de aquellos territorios que inventaban los escritores de generaciones menos sometidas al desierto. La Santa María de Chávez, su Macondo, su Comala, está unas veces en Nueva York, y otras en Quito, o en Oslo: en cada una de sus historias las personas viven en una transitoriedad semejante, en una dislocación que no es el espacio intermedio entre ...