Una mujer sentada en un sillón, en la penumbra de un cuarto al final del día, sostiene una aguja delgada y gris en cada mano, mientras un hilo largo se desliza con habilidad entre sus dedos. No sabemos qué es lo que teje, pero ella sí. Usa hilos gruesos, burdos; otros nos, delgados, leves. Ella sabe cómo entrelazarlos, en qué momento entra uno y se enreda con otro, y luego sale y reaparece cuando ya no se espera. El resultado es, invariablemente,...