Declaro el mundo en quiebra, decreto el diluvio. Odio a todos esos esbirros de la esperanza que me obligan a habitar el destino. No soy griego, yo, no recito Edipo en Colono. Sófocles no me fue dado con la leche del tetero. De hecho, no había tetero, sólo el seno de mi madre, un seno largo en sus finales, cremoso, sabroso. No conocí atmósferas irremediables, ni sentencias sibilinas. El único hombre que me llamó Nimrod fue un sacerdote luterano qu...