En la obra lírica de Félix Suarez cada palabra parece estar calculada. Nutrido de los epigramistas latinos, se instala en Roma como por su casa y la traslada en sus versos a cualquier ciudad moderna, de manera que a los romanos antiguos, llámense Lucilo o Gelio, Flavia o Lidia, los vuelve nuestros contemporáneos con sus defectos, insuficiencias o baja moral. En sus epigramas, Suárez sabe combinar hiel y miel, la mano acariciadora y la befa cáust...